Los españoles por ciertos informes que tenían
sobre la existencia de un vasto imperio muy rico en oro, ubicado en el Mar
del Sur, se deciden a descubrirlo y conquistarlo, para lo cual Francisco Pizarro,
Diego de Almagro y el clérigo Hernando de Luque, "los tres socios
de la Conquista", planean y organizan una expedición por mar,
con el fin de encontrar aquella fabulosa tierra.
El 13 de Setiembre de 1524, una expedición compuesta por dos navios
con 112 españoles y algunos indios nicaragüenses, salen de Panamá
a conquistar ese país desconocido y venciendo mil obstáculos,
llega, a fines de Junio de 1525 a la boca de un rfo que lo llamaron San Juan,
donde Pizarro, observando que su gente estaba fatigada, con la moral un poco
deprimida y con los víveres que escaseaban, dispuso que Almagro regresara
a Panamá a conseguir más voluntarios y abastecimientos de toda
ciase para continuar hacia el Sur, y que el Piloto Bartolomé Ruiz con
gente seleccionada y de su confianza, explorase la costa en un plazo máximo
de dos meses, mientras que él con el resto de la expedición
permanecería en el lugar alcanzado, en espera de sus dos compañeros.
En una frágil embarcación, el Piloto Ruiz se hizo a la mar,
tocandosucesivamente en la Isla del Gallo y en una zona de aldeas de indios
quela bautizó con el nombre de Bahía de San Mateo, luego se
alejó de la línea de la costa y estando navegando en alta mar,
divisó con gran sorpresa una carabela con una vela de muy buena dimensión.
"La confusión de Ruiz, fue muy grande, porque estaba seguro que
ninguna nave europea podía haber llegado antes que él a esas
latitudes y ninguna nación india de las hasta entonces descubiertas,
ni la civilizada nación mejicana, conocían la aplicación
de las velas a la navegación", dice Prescott; pero al acercarse,
descubrió que era una embarcación o mejor dicho una balsa compuesta
de unas vigas de madera ligera y porosa, fuertemente unidas mediante sogas
parecidas al cáñamo que los naturales llaman enequen. Dos mástiles
o palos gruesos colocados en el centro de la balsa sostenían una gran
vela cuadrada de algodón, mientras que un rudimentario timón
y una especie de quilla heeha con una tabla encajada entre los maderos, facilitaban
la navegación en alta mar.
Esa balsa, con una capacidad de hasta treinta toneles,
que tenfa como cubierta un ligero suelo de cañas con su alcázar
y retrete, correspondería, según dice Andrés Baléalo
a las embarcaciones de tipo mediano, de navegación oceánica
y capacitada para navegar contra el viento y era de las que normalmente se
usaban en la zona para el acarreo de las mercaderías o como medio de
transporte para hacer la guerra. Hermann Buse dice: "El encuentro de
Bartolomé Ruiz, piloto al servicio de Pizarro, con una gran balsa de
mercaderes, en plena navegación, constituye uno de los hechos de mayor
importancia. No sólo tuvieron aquella vez los españoles la primera
referencia, directa y concreta, sobre la realidad majestuosa y deslumbrante
del Imperio de los Incas un Imperio inmenso, rico y poderoso, dueño
de una perfecta organización, todo lo cual no dejó de preocupar
a los castellanos, ya que barruntaban las guerras que tendrían que
librar para someterse- sino que, de sorpresa en sorpresa, vinieron a saber
que los indios peruanos eran audaces navegantes: que con sus almadías
de gruesos troncos y vela cuadrada cumplían largas travesías
alejados de la costa, que dominaban la conducción de sus toscas pero
muy seguras embarcaciones, que no tenían miedo al mar, que por el contrario
lo dominaban y eran diestrísimos para desempeñarse en su seno,
que utilizaban los vientos y las corrientes marinas para desplazarse y que
sus travesías no obedecían a un móvil de guerra sino
a un propósito comercial, llevando para tal fin en sus barcas gran
copia de productos y artículos diversos: ora en bruto extraídos
de la naturaleza, ora elaborados, finísimos. Además, vieron
que operaban como los mejores comerciantes de Europa, llevando medidas para
la de terminación de las cantidades y balanzas para la justipreciación
de los tratos. Los españoles quedaron admirados de todo ello y comprendieron
que les esperaba una empresa gigante, como correspondía a la magnificencia
del Imperio que iban a tener por delante"
La mayoría de los cronistas e historiadores, están de acuerdo
al afirmar el origen tumbesino de la balsa y la procedencia incaica de la
mercancía que llevaba, pero no así, si regresaba a su puerto
de origen, después de haber efectuado su transacción comercial
o si es que navegaba en dirección Norte para iniciar recién
sus operaciones de trueque, pero sea cual fuere la verdad, al momento de ser
abordada se encontraban veinte tripulantes, de los cuales once se arrojaron
al mar ante el temor de ser capturados y los otros se dejaron apresar, pero
el Piloto Ruiz sólo retuvo a tres de ellos para que le sirvieran de
intérpretes, poniendo al resto en libertad. Llevados los tres indios
ante el citado Piloto, constató que eran muy jóvenes, derrostres
alegres, de mirada inteligente y que sus cráneos no presentaban ninguna
deformación y al preguntárseles mediante señas sobre
su procedencia, sólo se limitaban a pronunciar
las palabras: Huayna Capac, Cuzco, Tumpis, que los españoles no llegaban
a comprender. Bebían en unos cántaros rojos y comían
en unos platos negros. Los españoles los llamaron: Fernandillo, Francisquillo
y Felipillo.
Como mercadería, la balsa de los tumbesinos llevaba: muchos cántaros
negros, ropa de diversos colores, mantas de lana y algodón, finamente
labradas con figuras de aves, peces y árboles; adornos de oro y plata
de las formas más diversas y muchas otras cosas: como conchas coloradas
y blancas, esmeraldas, una balanza de estilo romana con pesas muy pequeñas
para pesar el oro, etc.
Como el plazo que se le había dado al Piloto Ruiz para cumplir con
su misión de exploración estaba venciéndose, optó
por regresar a San Juan, llevándose consigo a los tres muchachos tumbesinos
y toda la carga que pudo. Los españoles, al verlos, los recibieron
con gr.an alegría, la que aumentaba a medida que relataba las experiencias
vividas y contribuyó para que Pizarro justificara su obsesión
por descubrir ese Imperio riqufsimo en oro.
Mientras tanto Almagro regresaba de Panamá trayendo varios hombres
de refuerzo, algunas armas y vituallas, así como algunos regalos para
los indios. Con estos nuevos bríos la expedición continuó
hasta San Mateo y Río Santiago, optando por regresar al primer lugar
en vista dela continua hostilidad de los naturales de la región.
Desde San Mateo, Almagro nuevamente regresa a Panamá, mientras que
Pizarro y los 80 soldados que le quedaban, pasaron a la Isla del Gallo. Era
el mes de Setiembre de 1527, cuando sucedió el épico y conocido
episodio de los "Trece de la Isla del Gallo", por lo que conviene
recordar los nombres de esos audaces españoles que acompañaron
a Pizarro en la prosecución de la empresa y ellos fueron: Nicolás
de Ribera El Viejo; Antonio de Carrión; Pedro de Candía;. Domingo
de Soraluce; Francisco de Cuellar, Juan de la Torre; Pedro Alcón; García
de jaren; Alonso de Briceño; Alonso de Molina; Martín de Paz;
Cristóbal de Peralta y Francisco Rodríguez de Villafuerte, que
aunque no figura su nombre en la Capitulación de Toledo, documentos
presentados por Carlos A. Romero en su libro "Los Héroes de la
Isla del Gallo", prueba que fue uno de los trece que acompañó
a Pizarro en su viaje de descubrimiento del Perú; el Piloto Ruiz aunque
pasó la raya, regresó a Panamá por mandato de Pizarro.
Cuando el Comisionado don Juan Tafur, dispuso el regreso a Panamá de
aquellos que se negaron a continuar la expedición, pretendió
llevarse a los muchachos que Ruiz los habfa traído, pero encontró
la más enérgica oposición porque evidentemente se les
necesitaba para intérpretes, mientras tanto Pizarro y los suyos pasaron
a la Isla de Gorgona por medidas de seguridad. En Marzo de 1528, cuando Ruiz
estaba de regreso, todos en forma presurosa se embarcan y poniendo proa al
Sur, navegan hacia lo desconocido, llegando al cabo de unos dfas de navegación
a una Isla que la bautizaron con el nombre de Santa Clara, donde se abastecen
de agua y leña; la que al ser reconocida por los tumbesinos, mostraron
su inmensa alegría y le indicaron al Capitán, cuan cerca estaban
de su tierra: Tumbes, con la cual estaban plenamente identificados y le pidieron
que los llevase el mismo navio que los capturó. En la Isla de Santa
Clara, los españoles contemplaron extasiados un ídolo de piedra
adornado con oro y plata y vistosos mantos amarillos, pero los indios capturados
por Ruiz que ya sabían algo de español afirmaron que "aquello
no era nada para las riquezas que habían en su tierra", Al día
siguiente los españoles descubrieron una gran balsa y al acercarse
constataron que habían quince guerreros armados, envueltos en sus mantos
quienes expresaron ser de Tumbes e iban hacer la guerra a los de la Isla de
Puna, más tarde se acercaron cuatro balsas más con guerreros
y guiaron al navio español hasta avistar las costas de Tumbes. Tan
pronto como aquellas balsas tocaron tierra, sus tripulantes, presurosos fueron
donde su jefe a quien le dijeron como habían encontrado ese navio,
en donde estaban "hombres blancos vestidos con grandes barbas y que otros
indios, que traían, les habían dicho que aquellos hombres andaban
buscando tierras y que en otros navios se habían vuelto por la mar
muchos de ellos".
Pizarro desde a bordo de su embarcación contempló una fortaleza
ubicada en medio de una fértil llanura, que tenía sus murallas
de piedra, llenas de almenas y sus torreones cuadrados, lo que hacía
suponer se trataba de una cultura superior ya que en los lugares que habían
conocido anteriormente no habían visto cosa igual. El Curaca de Tumbes,
le envió con un indio de orejas grandes y deporte aristocrático
diez o doce balsas con un cargamento de frutas, cántaros de agua y
chicha, así como un carnero que ellos desconocían. Después
de platicar con el indio al que los españoles lo bautizaron como el
orejón y de observar éste minuciosamente todo lo que le rodeaba,
fue obsequiado con vino y un hacha de hierro, regresando a tierra seguramente
a informar lo que había visto.
Pizarro, con la intención de reconocer y obtener informaciones sobre
la ciudad, decide que Alonso derMolina en compañía de un marinero
negro de apellido Ginez, vayan a tierra con el pretexto de llevarle al Curaca
un obsequio consistente en varias gallinas, un gallo y un par de cerdos. El
negro causó gran curiosidad entre los aborígenes, por el contraste
que presentaba la blancura de sus ojos y la de sus dientes con el color de
su tez y en la creencia que había empleado algún ungüento
para pintarse la piel, tratan de quitarle el color, lavándole la cara,
pero el asombro llegó a su máximo cuando no pudieron conseguir
lo que buscaban, luego, después de escuchar el canto de! gallo y el
gruñir del cerdo, invitaron a los dos personajes a recorrer la población
y de regreso al navio contaron todo lo que habfan podido observar, pero Pizarro
desconfiando de lo que escuchaba, pues creía que se había impresionado
demasiado, decide enviar a otro emisario para ratificar lo dicho por Alonso
de Molina, designando esta vez a! griego Pedro de Candia, que según
algunos cronistas, se ofreció voluntario "iré yo solo a
ver que hay en ese valle. Si muero, habréis perdido un solo hombre".
Este nuevo emisario, de barba crecida y vestido con una cota de malla que
le llegaba hasta las rodillas, armado con un arcabuz y una rodela de acero,
además de su espada al cinto y portando una cruz, desembarca en Tumbes
y los del lugar lo llevan ante el curaca, cambian saludos y éste señalándole
el arcabuz le pide que lo haga funcionar, a lo cual accede Pedro de Candía
produciéndose una lógica sorpresa entre los espectadores quienes
cayeron al suelo sin atreverse a levantarse, pero el curaca que era autor
de tales actos, ordenó que le soltasen el león y el tigre que
Huayna Cápac les había mandado guardar, pero reaccionando Pedro
de Candía, hace un segundo disparo y los animales, a causa del fogonazo
y la gran cantidad de humo desprendida, retroceden y pierden su agresividad.
Luego cobrando más ánimo, pasa la mano por la cabeza y el lomo
de los animales y poniendo la cruz encima de ellos, dio a entender que era
la cruz la que amanzaba y quitaba la ferocidad a los animales. "Los naturales
consideraron a Pedro de Candia como un Dios y esa misma tarde lo invitaron
a visitar la ciudad, haciéndole conocer el barrio de los orfebres,
de los plateros, el Templo, donde tuvo ocasión de platicar con las
Vírgenes del Sol y visitar la fortaleza con sus murallas y torreones,
etc; pudiendo ver la gran vajilla que era toda de oro y plata, entre las que
habían ollas y cántaros de gran tamaño y gran cantidad
de ornamentos. Pasó más tarde a las casas reales de los Incas
recorriendo las cuadras, la cámara y recámara tapizadas con
metales preciosos y contempló asimismo la rica vajilla del Inca compuesta
de ollas, cántaros, tinajas y urnas de oro y plata", según
dice el Padre Oliva.
Dos días después regresó a bordo donde Pizarro, trayéndole
los regalos del curaca y un lienzo donde había pintado la ciudad, como
la mejor prueba de la forma como había cumplido la misión encomendada.
Pizarro bautizó la nueva ciudad con el nombre de "Nueva Valencia
del Mar del Sur", debido a su gran similitud que encontraron entre Tumbes
y las ciudades de Valencia y Granada, en especial en lo referente a ciertos
modelos de casas.
Ya en sus navios, decide navegar más al Sur, descubriendo la bahía
de Paita, la desembocadura del río Santa y el 3 de Mayo, virando en
redondo, pone proa al Norte, desembarca en Tumbes a dos voluntarios que deseaban
quedarse: Alonso de Molina y el negro Ginez y se dirige a Panamá donde
informa al Gobernador Pedro de los Rfos de todas las peripecias sufridas,
le presenta a los tres indios capturados por Ruiz, los cuales ya entendían
algo más de castellano y ¡e muestra todos los objetos y animales
con que había sido obsequiado, así como la tela pintada por
Pedro de Candia en la que estaba representada la ciudad con su fortaleza y
murallas. ..
Por otra parte Ribera El Viejo explicó que las tierras descubiertas
eran muy ricas, que la gente estaba ataviada con mucho oro y plata; Francisco
de Cuellar confirmó que eran muchas las ciudades descubiertas, que
tenían tapias bien altas y con casas a manera de torres cuadradas y
el Alférez Carrión entre otros tantos decía que las ciudades
eran de piedra, almenadas y torreadas.
El Gobernador preguntó: ¿De dónde eran esas maravillas?
Los descubridores, señalándole con sus manos el Sur, respondieron:
"Hacia donde se dice Perú".
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