La Historia de nuestra patria no registra
un episodio tan triste y de
resultados tan increíbles, como el que sucedió en Tumbes, durante
los
sangrientos sucesos del 31 de julio al 4 de agosto de 1894, en donde el
pueblo cansado de los abusos y atropellos que cometían sus autorida-
des, se subleva, incendia parte de la ciudad y liquida sin misericordia a
todos aquellos personajes que encumbrados en las más altas esferas
po-
líticas y administrativas se dedicaron a la vil explotación
de un pueblo
tranquilo.
Esta acción que no tiene ninguna justificación, tuvo el carácter
de
protesta general cuyo epílogo en realidad no fue previsto, y no un
ca-
rácter político o de sublevación contra el Gobierno del
General Andrés
A. Cáceres, como se le quizo dar en aquella oportunidad.
Si estudiamos desapasionadamente el comportamiento de esas au-
toridades, podemos constatar que el Subprefecto don Manuel W. Vi-
daurre, coludido con el contador de la Aduana don Pedro P. Gonzales,
formaron una sociedad ofensiva-defensiva y se dedicaron a cometer
toda clase de atropellos y cuando alguien se quejaba, justificaban su
conducta mostrando un certificado expedido por el otro y siempre el
informe oficial del uno salvaba al otro.
. Por otra parte, el Contador de la Aduana, que era a su vez Secreta-
rio de la Municipalidad, al ser internado en la Cárcel Pública
de la ciu-
dad por orden del Juez de Primera Instancia, en la causa que se le se-
guía por abuso de confianza, robo y estafa, concibió un plan
infernal:
acusó de conspirador al juez, al Promotor Fiscal, testigos, etc. para
lo
cual contó con la complicidad del Subprefecto y el silencio compla-
ciente de las demás autoridades .y en tal virtud puestos aquellos en
pri-
sión, el Juez de Paz, que era a su vez Secretario de la Subprefectura
de-
sempeñó las funciones de juez de Paz y los juicios civiles y
criminales
que les seguía al Subprefecto, Contador, Capitán de Puerto,
etc., queda-
ron archivados.
Aún más, esas mismas autoridades, viendo peligros por todas
par-
tes, se dedicaron a perseguir, encarcelar y deportar, no sólo a las
perso-
nas importantes de la provincia, sino también a muchas que ninguna
sig-
nificación política tenían, los cuales, al regresar a
su pueblo, engrosaban
la legión de descontentos, como sucedió con don Juan Francisco
Ava-
los, a quien el Subprefecto lo remitió a Lima para paralizar un Juicio
que aquel fe segu la.
Mientras esto sucedía en Tumbes, en Zarumifla, un grupo de tum-
besinos y algunos extranjeros radicados en la provincia, se dedicaron en
el más absoluto secreto a organizarse y adiestrarse en el manejo del
ar-
mamento que procedente del Ecuador, habi'an logrado desembarcaren
Caleta Capones.
Estas fuerzas, si asi' la podemos llamar o "montoneros" como los
llamaban los diarios de Lima, estaban bajo el comando de don Gonzalo
Tirado, peruano, quien tenía como Jefe de Estado Mayoral alemán
N.
Stail y como jefes inmediatos a don Ignacio Coronado, peruano; a don
Timoteo Gómez, español y a don Juan Jaramillo, ecuatoriano.
Los "montoneros" dispusieron de un sistema de vigilancia en todo
el litoral y de un sistema de informaciones que le proporcionaba valio-
sos datos como el efectivo de las fuerzas que defendían Tumbes, que
as-
cendía a 30 hombres, de ios cuales 15 guardias nacionales eran despedi-
dos a las cinco de la mañana para que se dedicaran durante el día
a sus
faenas normales, para volver a acuartelarse durante la noche.
En función de estos valiosos datos, el Comando de los montoneros
decidió que el ataque se realizara a las 6 de la mañana del
31 de julio,
para lo cual era necesario que a la hora señalada, estuviesen ocupadas
todas las alturas que dominaban la ciudad, así como controlados todos
los accesos para impedir la llegada de refuerzos.
Con este Plan cuidadosamente elaborado y contando con que las
fuerzas del orden no habían tomado ninguna medida de seguridad, los
montoneros cuyo efectivo era de 87 hombres bien armados, iniciaron
un nutrido fuego de fusilería, concentrándolo sobre el cuartel
en donde
por azahar del destino se encontraban reunidos todas las autoridades de
la provincia.
Después de cuatro horas de combate, se oyó una voz que dominan-
do las descargas, decía: "Cien soles al que queme el cuartel"
y a los po-
cos instantes eran presas de las llamas no sólo el cuartel, sino el
Ayunta-
miento, el parque que tenfa la tropa y otras construcciones ligeras, per-
diéndose preciosas vidas y valiosa documentación que se archivaban
en
esos edificios.
En medio de ese atronador tiroteo, una mujer, la señora hortensia
de Miranda, luciendo la insignia de la Cruz Roja, ayudada por un joven
inglés de apellido Neil, prestó toda clase de cuidados a los
heridos de
ambos bandos y-aquellos que estaban en peores condiciones, los condu-
cía hasta su propia casa, que funcionaba a manera de un hospital de
emergencia.
A las diez de la mañana toda la ciudad estaba en manos de los
montoneros y al hacerse la identificación de los muertos para darle
una
cristiana sepultura, se constató que el Subprefecto Manuel W. Vidaurre,
el Alcalde don Serapio Rodríguez, el Gobernador don Aníbal Bodero,
el Jefe de la Guardia Nacional mayor don José Cantoni, el Secretario
de
Subprefectura don Zenón Martínez y otros muchos más habían
falleci-
do y por parte de los montoneros sólo tres personas fueron halladas
sin
vida. Después de atender a los heridos, parte de los montoneros, hacien-
do caso omiso a las órdenes recibidas, se dedicaron a saquear la ciudad
y
a cometer una serie de atropellos como quemar sin motivo alguno cier-
tas viviendas de los particulares o a cobrar cupos a aquellos simpatizan-
tes de las autoridades depuestas.
Interesante es anotar que la resistencia fue heroica y que si el Sub-
prefecto hubiese recibido un refuerzo, el más pequeño, se hubiera
salva-
do, pero fue abandonado, tal es el caso de Pedro Gonzales, autor de to-
dos los escándalos y su futuro cuñado Vicente Puell, Tesorero
Munici-
pal, Preceptor, rematista municipal y Juez de Paz, que se embarcaron
apresuradamente en un barco rumbo a Paita; igual conducta observó el
Capitán de Puerto don Froilán Morales, que tan pronto supo de
la llega-
da de los montoneros abandonó su puesto y fue a refugiarse a una ha-
cienda extranjera al otro lado del río y luego en un buque ballenero
que zarpaba rumbo al Sur.
Entre los documentos que se le encontró en el bolsillo del saco del
Subprefecto Vidaurre, había una carta que Icdirigíaal Coronel
Cáceres
en la que se quejaba amargamente de la conducta del Capitán de Puerto,
quien teniendo toda la matrícula de la gente de mar, adoptó
la conduc-
ta menos aconsejable.
Las autoridades de Piura conocieron esos trágicos sucesos por el
Capitán del vapor "Pizarro" que precisamente el 31 de julio
pasaba por
Tumbes y pudo informarse de todo lo ocurrido, por lo que a! llegara
Paita dio cuenta, detallada de lo que conocía y es así como
el Prefecto
de Piura envía a Tumbes a un Destacamento al mando del Mayor Cons-
tantino Moran, tercer jefe del batallón Junín, teniendo como
segundo
Jefe al Mayor V.M. Valle Riestra, en el vapor Santa Rosa con el fin de
devolver la tranquilidad a la población y restablecer el orden seriamente
alterado. Tomando todas las medidas de seguridad desembarca en Zorri-
tos y a las diez de la mañana del di'a siguiente ocupaba la ciudad
sin re-
sistencia de ninguna clase, porque los montoneros al conocer que las
tropas del gobierno ya habfan desembarcado en las playas de Zorritos,
emprenden la fuga en dirección de Zarumilla y "de allfa la frontera
ecuatoriana a donde era imposible perseguirlos", toda vez que los mon-
toneros teman franca entrada al territorio ecuatoriano.
Devuelta la tranquilidad a la ciudad y después de nombrar provi-
sionalmente a las nuevas autoridades, el Comando de la expedición pu-
nitiva, resolvió dejar al Capitán I. Iturregui con parte de
la tropa y con
el resto contramarchar sobre Piura, en donde las tropas de I mea eran escasas.
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