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UN DIA EN SANTA CLARITA

Doce de Agosto. Día de sol radiante.

En un sector campestre, a escasos kilómetros de nuestra ciudad capital, todos los años se celebran la fiesta de Santa Clarita.
Esta festividad tiene su origen en el hallazgo de una pequeña estructura pétrea cuyas formas y facciones semejan a las de una Virgen que se venera en el Ecuador, razón por la cual gran cantidad de gente de ese país acude anualmente a esta celebración.

Santa Clarita no es un pueblo. Es un descampado en el cual todos los años, por esta fecha, centenares de propios y extraños alternan su fervor religioso, la música, la cerveza, el bullicio la alegría y el relajamiento. Es una fiesta pueblerina con todos sus ingredientes : Carrera de caballos, peleas de gallos, partidas de fútbol, baile, misa, procesión......

Santa Clarita se refugia en su soledad y en el olvido durante todos el año, pero se engalana para su fiesta patronal dirigida y organizada por un grupo de personas desde Zorritos.

Este poblado de un día, conserva su desfachatez campesina.
El carro avanza zarandeándose y levantando polvo del camino llegamos.

El disco dorado del sol abruma a la creciente muchedumbre, con sus rayos fosforescentes.

Podemos apreciar, en primer lugar, la capilla en la cual se venera la sagrada efigie. A sus espaldas un cerro deslucido, de exigua vegetación, unos arbustos raquíticos y destartalados que susurran y se mecen al compás de un suave viento. Soñas y chilalos dándole forma al campo .

Al llegar, el peregrino se ve envuelto por un numero de trinos distintos a manera de bienvenida y el aroma salvaje de la hierba reseca diseminada por la campiña. Un cielo añil y diáfano que por momentos se nubla por la polvareda que levanta la interminable caravana formada por cientos de vehículos que llegan y llegan.

Un aire embalsado por el abandono y el silencio y lejos de las fritangas cuyos olores despiden los incontables tambos instalados para la ocasión y que en este día aromatizan el ambiente e inundan las fosas nasales. Una yunta de moscas retoza en la carne seca y salchichas que se exhiben en los tendales. Algunos deambulan atiborrados de alcohol. Por allí se escucha un par de notas descarriadas entre los parroquianos.

Voy a la capilla y formo la interminable cola para venerar la imagen. Santa Clarita es un icono tallado en piedra por algo divino, que cada año gana mas y mas adeptos, por las bendiciones que derrama sobre sus creyentes.

Más tarde , algunos se encaminan a la cancha de fútbol a observar el encuentro deportivo pactado para la ocasión

Me dirijo a espectar la pelea de gallos.......

 


UNA PELEA DE GALLOS


La media tarde se va expandiendo por estos lugares, cabalgando sobre l calor impío que destilan el sol desde lo alto.

En el improvisado circo, mal construido con varas y ramas, bajo la sombra de un árbol, donde la mortal danza del coraje fue siempre un corto e imprevisible destino, se recortan las gallardas figuras de viejos gladiadores que lanzan sus estentóreos gritos, con su pasear despectivo y desafiante como una muestra de su capacidad combativa. No falta tampoco entre tanto guerrero, la presencia de algún joven bravo, de un incipiente Marte al que recién le esta creciendo los espolones.
Toda la mañana han desfilado para su pesaje, una falange de guerreros emplumados, llevados bajo l brazo amoroso, protector y esperanzado de sus dueños, quienes orgullosos no se cansan de describir las habilidades de sus pupilos.

En este " Coliseo" de gallos construido para esta festividad, la gente se apiña en abanico, luchando cada espectador por ubicarse lo mas cerca posible a la arena de combate. El calor agobia. Hay olor a muchedumbre, a polvo, a sudor y alegría y ese aroma salvaje que exhala esa árida vegetación. Se escucha el estruendo de carcajadas. Voces altisonantes y aguardentosas. Improperios. La gente borborita en el improvisado escenario y pensar que este juego salvaje tiene más años que cristo.

El ruedo de los emplumados esta totalmente lleno. Apuestas mucho humo. Da comienzo de pelea.

El ajiseco era muy fiero en el revuelo, pero el rival - un giro - lo sobraba en dos onzas y era mas ducho en el salto y mas armado de púas. Dos fieras emplumadas golosas de sangre y de muerte furia asesina. Los espolones, con filosas púas de acero, semejan dos yuntas de facones que taladran sus enardecidos cuerpos, desparramando plumas y sangre . Y los picotazos , mortales estocadas afondo. Son dos excelentes esgrimistas. Dejan toda su energía, su entrenamiento, su experiencia y su raza en el ruedo ensangrentado.

En breves instantes, uno de ellos su propia dejara también la vida. Son guerreros de estirpe. Cada uno tiene su propia alcurnia escrita en incontables combates - cara a cara con la muerte en la envidiable calidad de invicto. Para estos plumíferos espartanos, dejar de ser invicto significa dejar de vivir ..... El combate prosigue ... Ovaciones. Silbidos, Gritos.... No hay tregua ni cuartel.

Estos veleidosos hoplitas multicolores desgranan su bravura y su talento natural para la guerra. Son gladiadores emplumados que viven para eso: supervivir o morir en la arena.

Hay una algarabía infernal que retumba sobre el circulo de combate. Todos alientan a los contenedores. Las opiniones están divididas. Llueven las apuestas.

- ¡ Cien a veinte al giro ¡
- ¡ Cuantas veces ¡
- ¡ Tres a uno ¡
- ¡ Pago ¡

Todo es una mancha móvil y ruidosa, de la que salen gritos de aliento, de rabia y de alegría, según se va desarrollando la pelea :
- ¡ Dale ajiseco ¡ .......... ¡ ya es tuyo ¡
- ¡ Así, giro ¡ ....... ¡ Mátalo de una vez ¡

Puro instinto surgen las reacciones de los campeones, de lo mas profundo de sus capacidades combativas.

Ya el juez, que siempre es un viejo gallero, había anunciado que el encontronazo seria su muerte.

Se clavan las garras, el pico y las espuelas en el cuerpo del rival. Increíblemente trenzados y envueltos en un remolino de plumas sanguinolentas. De pronto, el ajiseco le acertó una puñalada en la línea baja del pescuezo. El giro se ladeo ante la dolorosa mordida. Es el degüello y el fin del duelo .... El giro recibió otra herida mortal Y esa fue la definitiva. Plegó sus atornasoladas alas en medio del dolor y cayo. Lo había "amorcillado " . El viejo gallero grito :

- ¡ De pie el gallo caído ¡

Pero no se levanto más. Allí quedo un combatiente con su silencio de muerte y otro vencedor que, bamboleante - pero de pie - lanzo su estrictamente canto de victoria.
Y la pedana circular quedo ensangrentada. El alarido feroz del triunfador resono lúgubremente sobre el cuerpo muerto de su rival.
Ha concluido la degollina. El duelo ha terminado. Ovaciones Gritos. Silbidos y algún bostezo.
Si. El duelo ha terminado en el redondel, pero entonces suelen venirse las ruinas y discusiones por una puesta mal oída, casi siempre por un par de orejas que se vuelven sordas, a conveniencia.

- ¡ Oiga ¡Qué le pasa son veinte soles y me esta dando diez!
- Esta bien. ¡Cóbrese carajo y se acabo. .........


Cinco de la tarde. Prosiguió mi paseo y me dejo guiar por la música .

En la pista de baile, cuyo piso de tierra esta "rociado" de aserrín - para evitar que se levante el polvo - una orquesta desgrana pegajosas melodías de moda y numerosas parejas danzan al compás de la estridencias musicales. Las damas hermosas, pintadas y coquetas, derrochando sonrisas, mohines y caprichos. Los caballeros bebiendo lo suficiente de cómo para orillar las fronteras de la borrachera.

Las parejas bailan alegres y desenfadadas. La música es contagiante. El baile parece estar en lo mejor.


Finalmente muere la tarde, llega la noche y la gente se retira confundiéndose con las sombras que ya opacan el día. Todo acaba.
Habrá que esperar nuevamente hasta el próximo año, si llegamos, por supuesto.

Al retirarme de Santa Clarita alzo la mano en una muda señal de despedida. El policromo e improvisado caserío, formado por tambos, comienza a desaparecer a medida que nos alejamos de retorno.

El carro nos trae de vuelta y avanza con lo faros encendidos horadando la negrura de la noche. La soledad vuelve a habitar este hermoso pedazo de nuestra provincia.

Como un silencioso, inexorable y tiránico reloj de arena, el tiempo pasa. La fina arena cae lenta, muy lenta, sobre las primaveras, los veranos, los otoños, los inviernos .........

Habrá otras huellas polvorientas, derroteros inciertos. Caminos sin regreso y destinos que se bifurcan.

Vendrá otro doce de agosto, otros inviernos y mientras tanto ........... Yo espero.

F I N

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